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El día en que todo se transformó

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MARIANO ROVATTI17 de octubre de 2026
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El día en que todo se transformó

EL SURGIMIENTO DEL CNEL. PERON

Cuando se produce la revolución de 1943, Perón era un desconocido para el común de la ciudadanía. Sólo sabían de él quienes se desempeñaban en el ámbito militar.

Era un oficial que por sus estudios en estrategia e historia militar había sido enviado a Italia en 1939 a realizar estudios específicos sobre tropas de montaña. Perón allí aprovechó para estudiar economía política en Turín y seguir de cerca el proceso encabezado por Mussolini. A su regreso, fue enviado a Mendoza para aplicar lo aprendido en los Alpes, y allí se hace amigo de Farrel.

Cuando se reparten los cargos tras el golpe, llamativamente Perón no intentó ocupar ninguna función de primer orden; solicitó que le asignaran el Departamento Nacional del Trabajo, un hasta entonces burocrático organismo de tercer orden que se ocupaba de supervisar convenios colectivos y asesorar a obreros y empleadores.

A los pocos meses, logró que ese organismo tuviera un rango mayor y pasó a ser la Secretaría de Trabajo y Previsión. A través de él, Perón tomó contacto con los dirigentes sindicales de la época. Desde el comienzo de la Guerra, la Argentina se vio obligada a sustituir exportaciones y ello fue creando una incipiente industria que trajo miles de trabajadores a las fábricas que se instalaron en el Gran Buenos Aires. La mayoría provenían del interior, y venían de vivir bajo penosas condiciones en el sector rural. Al hacerse obreros industriales vieron aumentados sus ingresos y mejorado notablemente su estilo de vida, aunque también las exigencias eran importantes.

Esa modificación profunda del esquema social de la Argentina, sólo fue visto por Perón, y por ello es que intentó ganarse la confianza de los sectores obreros, que constituían un campo virgen para su desarrollo político.

Cuando cae Ramírez y asume Farrel, éste le ofrece la Vicepresidencia y el Ministerio de Guerra a Perón quien ocupa esos cargos reteniendo la Secretaría de Trabajo y Previsión. Así controlaba al Ejército, los sindicatos y era el primero de la línea sucesoria presidencial.

Desde la Secretaría de Trabajo, Perón fue armando su propia estructura política: abrió en todo el país un rosario de delegaciones, e intentó atraer a los dirigentes sindicales, que entonces eran socialistas, comunistas o anarquistas. Los que lo apoyaban, lograban beneficios para sus trabajadores; los que se resistían, veían en poco tiempo como surgían organizaciones paralelas que les disputaban y frecuentemente les quitaban el apoyo de sus afiliados. Cabe aclarar que los beneficios que lograban eran a menudo conquistas sociales merecidas y ajustadas a la nueva realidad del mundo, y a las nuevas relaciones entre el capital y el trabajo, pero Perón las administraba, según le convenía.

Cabe recordar el formidable crecimiento de las organizaciones sindicales en este período: la UOM (Unión Obrera Metalúrgica) creció de 1.500 afiliados en 1942 a 200.000 en 1945; y todo el sistema, de 80.000 en 1943 a 500.000, en 1945.

Pero la cercanía entre Perón y los gremialistas no era sólo prebendaria. Perón los deslumbraba con su personalidad, su estilo claro, directo y frontal, su gran visión política y por hacer suyas las nuevas ideas que se iban imponiendo en el mundo, de encontrar un equilibrio entre el capital y el trabajo, haciéndole tomar conciencia al trabajador de sus derechos y su dignidad. Perón además adhería a las encíclicas papales que empezaban a publicarse y todas defendían estos valores.

Perón llenó de esa forma un vacío y logró a su vez una inesperada adhesión popular al gobierno de facto, que cada vez se aislaba más de la oposición, los países aliados y los factores de poder en general.

A pesar de todo, crecía en el seno del Ejército un recelo hacia Perón, por el estilo tan transgresor del mismo, que incluía recibir a los gremialistas en mangas de camisa, tener siempre a mano una frase ingeniosa, hablar con claridad yendo directamente a los asuntos, dejarse llamar el primer trabajador por algunos sindicalistas obcecuentes y para colmo, tener un romance con una joven actriz de radioteatro 23 años menor que él: Evita Duarte.

Perón lograba además que sus detractores aparecieran como resistentes al cambio social, y deseosos de volver a la situación anterior a 1943. Más allá de la habilidad de Perón para presentar así las cosas, es cierto con el crecimiento político del coronel, la UCR perdía apoyo popular, el PS y el PC perdían apoyo sindical, y los conservadores veían caerse su esquema agroexportador definitivamente, y sentían que se daba vuelta la relación tradicional entre patrones y obreros.

Todos los partidos de la oposición -además- eran proaliados y hacían aparecer a Perón como fascista o nazi, aunque el principal operador de la ruptura de relaciones con el Eje y declaración de guerra fuera el mismo coronel. Esa declaración de guerra fue realizada en 1945, y con ella la Argentina reingresó al concierto internacional firmando la carta de las Naciones Unidas.

En ese tiempo, el Presidente norteamericano Harry Truman designa como Embajador en la Argentina a Spruille Braden, quien al poco tiempo se convertiría en el virtual jefe de la oposición local al gobierno militar. Los partidos políticos argentinos, lejos de sentirse invadidos, consintieron esa situación explícitamente. Pronto Braden y Perón se agredieron mutuamente en forma reiterada acusándose de agente imperialista y enemigo de la democracia respectivamente.

EL 17 DE OCTUBRE DE 1945

Mientras tanto, la oposición al gobierno crecía: los partidos políticos trabajaban unidos contra el gobierno con el apoyo del embajador Braden y los empresarios resistían el avance de la legislación social.

En julio de 1945, Farrel reorganiza el gabinete incorporando figuras jóvenes del radicalismo que se habían acercado a Perón y anuncia la pronta convocatoria a elecciones generales y el levantamiento del estado de sitio, que aún regía. En agosto, los partidos organizan una marcha contra el Eje, al rendirse Japón, lo que indirectamente era una manifestación contra el gobierno.

En septiembre, con Braden a la cabeza, los partidos tradicionales realizan la Marcha por la Constitución y la Libertad, logrando movilizar a una multitud impresionante.

Ese mismo mes, fracasa un golpe militar iniciado en Córdoba por el Gral. Rawson, lo que hace volver el estado de sitio, recrudeciendo la represión.

El 8 de octubre Campo de Mayo se levanta y presiona a Farrel exigiendo la renuncia de Perón a todos los cargos. Los oficiales entendían que Perón tenía a todos los factores de poder en contra, lo que llevaría a éste a un fracaso que arrastraría a todo el gobierno.

Perón renuncia el 9.10.45 y se despide desde los balcones de la Secretaría en una mensaje radial: los sindicatos empiezan a temer por las conquistas obtenidas durante su gestión.

Allí los dirigentes de los partidos de la oposición se ceban y piden la renuncia de todo el gobierno y la entrega del poder a la Corte Suprema de Justicia. El gobierno anuncia elecciones para el 24 de febrero de 1946.

El 12 de octubre Perón es detenido y confinado en la Isla Martín García. Farrel de esa manera lo protegía de eventuales ataques contra su vida, y le da a Perón el papel de víctima, que sus seguidores sabrán aprovechar. Mientras, Farrel reorganiza el gabinete, ahora con un tono apolítico desmontando la estructura armada por Perón.

Ante esta situación la CGT anuncia una huelga general para el 18 de octubre exigiendo la libertad de Perón y el mantenimiento de las conquistas sociales.

En la madrugada del 17 de octubre, empiezan a llegar sobre el centro de Buenos Aires, interminables columnas de obreros, venidos desde el conurbano y la zona de La Plata. Todos reclamaban la libertad de Perón. Nadie los detuvo y nadie ejerció actos de violencia, al menos en la Capital Federal. Instintivamente, todos se reunieron en Plaza de Mayo, frente a la sede del poder.

Perón ese mismo día -alegando una enfermedad- había logrado su traslado al Hospital Militar, para seguir de cerca los acontecimientos. El movimiento de funcionarios comenzó a ser incesante entre la Casa de Gobierno y el Hospital Militar.

La Plaza de Mayo se llenaba de gente que habitualmente no la frecuentaba: tez morena, ropa sencilla, hábitos toscos y para colmo, el agobiante calor y el esfuerzo de caminar tanto obligaron a los manifestantes a refrescarse los pies en las fuentes de la Plaza, lo que para muchos constituyó un verdadero sacrilegio.

A medianoche, Farrel sale al balcón anunciando que Perón hablaría desde allí. La presión de la gente había decidido la pulseada en favor de Perón, quien triunfador y seguro de sí mismo le habló a la multitud, con tono moderado y en medio de permanentes interrupciones de la gente, que lo ovacionaba frenéticamente. Jamás se había visto en el país algo igual. Nacía un idilio entre Perón y la masa que duraría tres décadas.

El 17 de octubre marcó el fracaso de los partidos políticos de entonces y de los demás factores de poder, frente al cambio social que se estaba practicando. Perón fue el único que lo interpretó. Aparecía en escena el pueblo como masa, que impone su voluntad pasando por encima de las estructuras preestablecidas.

Aún hoy se discute si el 17 de octubre fue un movimiento espontáneo u organizado. Si bien Eva Duarte y Cipriano Reyes -dirigente sindical de la carne- tuvieron una activa participación movilizando a dirigentes sindicales y a los mismos obreros, hubo una proporción indeterminada de intuición, de espontaneidad y hasta de amor por el líder. De todos modos, poco importa las motivaciones de los protagonistas del 17 de octubre. Lo importante fue que ocurrió como ocurrió, y que su resultado cambió para siempre la historia política argentina.

 

Extraído del libro “Historia Contemporánea Argentina – De Kirchner a Perón (2007-1943). Autor: Mariano Rovatti

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