El milagro del hijo de Dios extraviado en el laberinto tecnológico
Vivimos una época que ha conseguido convertir al individuo en el centro de casi todas las conversaciones. Hablamos de mi bienestar, mi libertad, mi identidad, mi satisfacción, mi derecho, mi experiencia, mi opinión.
Nada de esto es negativo en sí mismo. Por el contrario, la posibilidad de desarrollar una vida propia, de elegir, de pensar libremente y de buscar el propio bienestar, constituye una de las grandes conquistas de la sociedad moderna.
El problema comienza cuando el desarrollo del "yo" se presenta como incompatible con la existencia de un "nosotros". Durante mucho tiempo se nos ha instalado una falsa dicotomía por la que el individuo se opone a la sociedad.
Como si los valores comunes fueran límites impuestos al individuo y no un marco de contención que permite que muchas individualidades puedan desarrollarse simultáneamente.
Esa instalación nos conduce a un lugar peligroso, porque es falso que el "yo" deba desaparecer para que exista un "nosotros".
La verdadera cuestión es cómo construir un espacio común en el que la persona pueda desarrollarse integralmente.
Es en este espacio común precisamente donde los valores adquieren sentido. El respeto no es una restricción a la libertad, sino la condición que permite que distintas libertades puedan convivir. La responsabilidad no es una carga, sino la capacidad de comprender que nuestras decisiones tienen consecuencias. La solidaridad no es renunciar al desarrollo personal, sino retribuir al marco de contención que permite ese desarrollo.
Es un hecho de la realidad que cuanto más organizadas son las sociedades, más individuos alcanzan su realización personal.
Nuestra educación, nuestras oportunidades, nuestras instituciones, nuestra cultura, nuestra seguridad, nuestros vínculos y hasta buena parte de aquello que llamamos mérito personal se construyen dentro de una trama social que no hemos creado individualmente.
El individuo existe dentro de un mundo que recibió antes de poder elegirlo. Por eso, la verdadera oposición se da entre el individualismo extremo (que piensa que todo comienza y termina en sí mismo) y el "yo" integrado, que comprende que su realización también depende de la calidad del mundo que comparte con otros.
Sin embargo, buena parte de la cultura contemporánea parece empujarnos en la dirección contraria.
Los algoritmos aprenden qué nos atrae, qué nos irrita, qué nos emociona, qué nos mantiene mirando, qué consigue que volvamos una y otra vez a la pantalla. No fueron diseñados para enseñarnos a vivir mejor ni para fortalecer nuestros vínculos comunitarios; su objetivo fundamental es mantener nuestra atención.
Para lograrlo, los contenidos que funcionan especialmente bien son la indignación, la confrontación, la provocación, la competencia, el miedo o la recompensa inmediata.
Frente a este metamensaje, la paciencia demora, la responsabilidad obliga a pensar antes de actuar, el diálogo exige escuchar, la tolerancia obliga a convivir con aquello que no elegimos, y la solidaridad nos recuerda que existen necesidades que van más allá de las nuestras.
Entonces, cuando el bienestar subjetivo se transforma en la medida de todas las cosas, cualquier límite es interpretado como una amenaza. Pero una vida sin límites no es sinónimo de una vida más libre; en general, nos hace mucho más vulnerables y nos deja sometidos a la “ley de la selva”.
La libertad necesita condiciones para existir, y la mayor de esas condiciones es la responsabilidad, junto con las normas compartidas.
Por eso no estamos frente a una simple crisis de valores. Los valores continúan siendo proclamados: nos pasamos hablando de libertad, igualdad, respeto, empatía, inclusión, solidaridad, justicia y derechos, pero no somos coherentes entre esos dichos y nuestras conductas.
Nunca se habló tanto de empatía, pero cada vez se expande más la antipatía. Comprendemos al que se parece a nosotros, justificamos al que pertenece a nuestro grupo y observamos con sospecha al que piensa diferente.
La sociedad comienza por fragmentarse en grupos cada vez más cerrados. Cuando los intereses son tan específicos, inmediatos, intrascendentes y variados, desaparecen los lazos de unidad social.
Es un relativismo absurdo que alienta la ansiedad; lo inmediato y efímero ocupa más espacio en la mente que lo importante. Como diría sabiamente Discépolo: “...Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor…”
Una sociedad no necesita que todos pensemos igual, pero sí necesita que podamos compartir determinadas reglas, determinados valores y determinados intereses comunes que nos permitan desarrollarnos personalmente.
La familia, la escuela, el barrio, las instituciones, la cultura y la comunidad son referencias claves de la trama social, pero son denostadas y van perdiendo influencia.
Ese espacio vacío es ocupado por el algoritmo, que comienza captando nuestra atención porque confirma nuestras preferencias, y así terminamos viviendo dentro de realidades cada vez más personalizadas.
Cada uno recibe una versión diferente del mundo; y cuando cada persona habita una realidad distinta, resulta mucho más difícil construir conversaciones comunes.
Este fenómeno también afecta nuestra relación con la verdad, que necesita tiempo para ser investigada, contrastada, discutida y comprendida. La verdad puede obligarnos a revisar nuestras propias convicciones; en cambio, la lógica de la atención tiende a reforzarlas.
No se trata de demonizar la tecnología ni de idealizar un pasado que nunca fue perfecto. Se trata de comprender que vivimos en un sistema que tiene determinados incentivos, y que esos incentivos pueden influir en nuestra manera de mirar el mundo
La tecnología amplía nuestras posibilidades, pero también puede amplificar nuestras debilidades; y la más profunda de ellas es la tendencia a buscar la confirmación de aquello que ya creemos.
Por eso, recuperar un espacio común no significa regresar al pasado; significa construir una idea más madura del progreso.
Un progreso que comprenda que el crecimiento económico puede convivir con la solidaridad, que el desarrollo cultural tiene su origen en la tradición, que la libertad no es un valor absoluto y solo puede realizarse en un marco de respeto por la de los demás, y que el éxito es siempre más efímero y menos gratificante que la felicidad.
Sin embargo, detrás de este laberinto tecnológico acecha un interrogante aún más profundo, uno que nos intimida porque toca el núcleo de lo que creímos ser desde el origen de los tiempos.
Siempre supimos que pertenecíamos al reino animal, pero nos consolamos definiéndonos como "el animal racional".
Hoy, en cambio, los algoritmos no solo manipulan nuestras emociones y modelan nuestros gustos, sino que herramientas como la inteligencia artificial replican con asombrosa eficacia el razonamiento, el cálculo y el lenguaje.
Si la máquina procesa, crea y decide en nuestro lugar, cabe preguntarnos: ¿a cuánto estamos de renunciar a la razón y convertirnos en un animal instintivo más, domesticado por pantallas?
